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Articulo Opinion

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  ARTÍCULO DE OPINIÓN 30/03/2020
   Manuel Navas, president de la FAVS

Que vivimos en la sociedad del riego (U. Beck) es evidente. Es la cara oculta de desarrollismo infinito en el que el sistema ha embarcado a la humanidad y al planeta y que está caracterizada porque los riesgos sociales, políticos, económicos e industriales, escapan de las instituciones de control y protección de la sociedad. La crisis climática, los accidentes nucleares (Chernobyl,…..), las apariciones periódicas de virus (Èbola, SARS, MERS,….), lo corroboran. Hemos acabado por interiorizar que este desorden establecido es algo natural y por lo tanto incuestionable.

Pero el Covid-19, como otros contagios víricos, no es una plaga divina sino que sus causas son terrenales que, por razones “X”, suelen ocultarse a la población abriendo la puerta a todo tipo de especulaciones (económica, militar, pruebas biológicas,….), una situación que mientras no surja una vacuna y persistan las medidas de confinamiento, nos meterá el susto en el cuerpo.

En cualquier caso, son las Administraciones (UE, Gobierno español y Generalitat) quienes tienen la obligación de proteger a la población adoptando las medidas que consideren, siguiendo las directrices internacionales sanitarias y asesorándose de cuantos profesionales y expertos en la materia sea necesario y más allá de actuaciones reactivas, es hora de cuestionar la lógica de la sociedad del riesgo.

Llegados a este punto debe decirse que para hacer frente a una pandemia como el Covid-19, se necesitan recursos (humanos y materiales) suficientes para prevenir (evitar contagios) y tratar infestados, algo que choca con los recortes y privatizaciones que durante décadas ha llevado a cabo la Generalitat en sanidad, eliminando de miles de puestos de trabajo en el sector socio-sanitario (más de 2000 solo en Asistencia Primaria) y que, el Vallés Occidental-Est, con las 500.000 almas que atiende el Taulí, sufra el agravio comparativo con el resto de Catalunya con un déficit de camas inaceptable lo que complica gestionar una atención adecuada ante el exponencial incremento de casos provocados por la pandemia que precisaran de instalaciones y equipamientos que el Taulí carece (recordemos que las Urgencias suelen estar colapsadas). Ese plus de sufrimiento (que conviene no olvidar ni perdonar) debe anotarse en el debe de los hipócritas responsables políticos de los recortes.

Y de nuevo, es de justicia romper no una sino miles de lanzas en favor de la sanidad pública y el personal socio-sanitario en especial, que a pesar de estar maltrecha por los recortes, es la que está a dando la cara en esta crisis, mientras que la sanidad privada, beneficiaria de las políticas de privatización llevadas a cabo por la Generalitat en Catalunya y el PP en España, se desentiende miserablemente del problema. Es momento de dar un puñetazo encima de la mesa y, en nombre de la emergencia social y el interés general, obligar poner a disposición de la sociedad lo recursos (humanos y materiales) de las mutuas privadas; exigir a la banca que retorno de los 60.000 millones; que los políticos corruptos (o sus partidos) retornen los 40.000 millones robados,……

La situación deja al desnudo los objetivos de ambos modelos de sanidad: la pública servir a la ciudadanía, la privada hacer negocio con nuestra salud. Todo lo demás son milongas interesadas. A la luz de los hechos, otro mito que se derrumba es el de la falacia que el sistema de la sanidad privada es mejor, más eficiente y eficaz que la pública. Que le pregunten a los millones de estadounidenses que están dejados de la mano de Dios.

Esta peligrosa experiencia debe ser un aliciente para seguir reivindicando la sanidad pública universal, de calidad y con recursos suficientes, el cese de los recortes y el retorno de lo expoliado y/o privatizado. En definitiva, el fortalecer la sanidad pública y reconocer su impagable labor en la sociedad del riesgo. Y esta alerta debería servir para reflexionar sobre el camino sin retorno emprendido por el sistema y repensar un modelo social que priorice la producción de bienes y servicios pensando en la humanidad y en la sostenibilidad del planeta por encima de los intereses de transnacionales y del capital financiero y especulador cuya dinámica ha conducido al actual desorden establecido.

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